Feliz con mi profesión, escribo sin preguntar para quién.

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Un buen libro para chicos es aquel que también le gusta a un adulto.

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Escribir es una tarea cotidiana y siempre irreverente

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Venecia es una poesía por la que se puede pasear.

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Firmar un libro es como firmar un cuadro, lo convierte en único.

Marta y La Pancita del gato

Soy escritora y no programo el destino de mis obras ni elijo mis lectores.

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Marta, siempre una mirada de curiosidad vital

Marta Gimenez Pastor

Emociones sencillas

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Hace pocos días, Fabián, un “niño” de unos 23 años nos pidió el cuento EL TRAJE. Nos dijo que lo había leído cuando era chico y que le gustaría releerlo. Lo encontramos entre el material guardado, escrito a máquina de escribir, con las correcciones de Marta sobre los costados. Lo pasamos en limpio y se lo enviamos. Es un cuento de madre a hijo, de sentimientos y de que cosas que nos hicieron preguntarnos si en esta vida, tan acelerada y conectada, todavía se tiene tiempo para emociones sencillas.

La ilustración pertenece a otro cuento de Marta Con cuidado, Conrado, pero lamentablemente no encontramos el nombre del ilustrador. También fue publicado en la Revista Vosotras.

 

EL TRAJE

Para mi hijo Conrado

 

Conrado había salido con el padre a comprarse algo. Algo…no se qué sería porque no les pregunté. Seguramente ropa, algún pulóver o una campera. A eso del mediodía oí que abría la puerta. Pasó directamente a su dormitorio y cerró la puerta, entonces me acerqué y sin entrar, le pregunté desde afuera:

  • ¿A ver que te has comprado? ¿Me mostrás?
  • ¡Esperá mamá! Cerrá los ojos un momentito y esperá hasta que yo te diga
  • Está bien… ¿Listo?
  • Si, listo…abrílos

Los abrí y se me apareció Conrado vestido de hombre ¿Se dan cuenta? ¡Un traje azul, cruzado, con chaleco y todo…camisa en serio y corbata. ¡Casi se me escapa y le digo “señor”. En cambio, detrás de un casi desesperado ¡Uy! Le pregunté en medio del asombro:

  • ¿Y eso?
  • Me lo compró papá – me contestó con su desbordante alegría, como desafiando mi desconcierto.

(¿Papá? ¿Te lo compró papá? Pero no entiendo… ¿Cómo se le pudo ocurrir a papá hacerme esto? ¿Cómo no se ha dado cuenta de que no tiene derecho…que no hay razón para quitarme tus jeans azules, así, sin la menor consideración? Y tu campera con escudos que te quedaba tan bien ¿dónde está?

  • ¿Te gusta, mamá? Mirá, tiene chaleco… – y se miraba de frente, de perfil y de tres cuartos en el espejo, sin saber qué hacer con su cuerpo enfundado por primera vez en la responsabilidad de ser algo serio.
  • ¿Me queda bien? ¿Qué te parece?
  • Sí hijo ¡Por supuesto! ¡Te queda muy bien!
  • Mirá, mirá ¡Qué pinta! ¿No?

(¿Pinta decís hijito? ¿Pinta de qué? De muchachito recién salido de mi lado… ¡nada más que de eso! Pinta de chiquilín todavía envuelto en los asombros de la vida… pinta de ¡qué alto está este chico! ¿Sale a la madre, no?  ¡Claro! A la madre, a la madre que soy yo.

Yo, que ahora me resisto a mirarlo con ese traje inmóvil azul impecable, como si fuera un desconocido que se acerca a saludarme. Entonces estiro la mano tratando de decirle:

Mucho gusto señor ¡Qué bien que le queda ese traje! …pero en cambio, me sale una caricia. Le acaricio la cabeza una y otra vez para reconocerlo. Por fin me convenzo. Si, mamá zonza… es el mismo que ha crecido. El mismo que hace quince años se dejaba caer en tu falda cuando tenía sueño. El mismo que pasaba una  otra vez delante de ti, desde las vueltas de una calesita…o el que apenas sobresalía del respaldo de una silla a la hora del almuerzo o el mismo que se apoyaba con avidez sobre el vidrio de la ventanilla cuando viajaba en tren o se sumergía en los renglones del primer cuaderno para escribir dificultosamente “mi mamá me mima”.

Ahora tendremos que decir “mi mamá me mimaba” ¿no es cierto? Porque así, con ese traje, Conrado, no me va a resultar fácil mirarte. )

  • ¿Y? ¿Qué te parece? ¿Viste? Me queda justito, como si me hubiera hecho a medida ¿no?

(No creas, hijo, no creas… a mi me parece que más justito te quedaban las travesuras, esas que hacías hasta ayer sin temor a arrugarte o mancharte el traje. En cambio, no sé si las travesuras que comiencen ahora serán a esa medida de hombre en miniatura que con orgullo me estás mostrando. Travesuras para las cuales vas a necesitar otra fuerza, otro ritmo en el pulso, otra mirada distinta a esa que tenés ahora tan llena de adolescencia brillante… ¡qué sé yo! Travesuras con pinta de hombre, de las cuales, ya no podré enterarme… ¿Sabés? Me hubiera gustado haber visto la cara de tu padre cuando te vio así vestido. La cara de tu padre, la voz de papá…  hasta la manera de pararte frente al espejo… ¡Cómo te pareces a él!)

  • ¡Ah! ¿También un pañuelo nuevo? ¿Y con iniciales? ¿De dónde salió?
  • Papá me lo compró y hasta me lo dobló así ¿ves? para que me lo pusiera en el bolsillo.
  • ¿Papá hizo eso? Claro…está muy bien.

(Pero, digo yo: ¿Cómo se le ocurre ocupar tu bolsillo con un pañuelo de hilo? ¿Y dónde van a ir a parar los botones, las piedritas, las tapitas de coca, los papeles de caramelos que siempre guardás? Pero no, de esto no lo culpo a papá. El culpable es el vendedor. Sí, claro. El vendedor que lo convenció para que lo comprara. ¡Ya me lo imagino! : “Este le queda perfecto. Solamente habría que tomarle un poquito acá, ¿ve? Y qué bien le queda ese color a su hijo…Buen mozo el muchacho ¿eh? Y además es conveniente porque está en precio…créame”.

Sí, por supuesto que le creemos el precio…y lo sentimos también. El precio, señor vendedor, está bien a la vista ¿se da cuenta? El precio de este traje que usted le ha puesto a mi hijo, está aquí, en estas lágrimas que me salen por más que trato de esconderlas… ¿ve, ve señor vendedor? ¿Le hubiera gustado que yo le hiciera algo parecido…así, tan gratuitamente? ¿Cómo qué usted no me ha hecho? ¿Le parece poco? ¡En un abrir y cerrar de ojos me ha cambiado mi chico por un señor! Y todavía me dice que el traje está en precio…sí, en precio de lágrimas ¿ve? De estas que están humedeciendo la solapa del traje azul y bien planchado que usted vendió.

Cuando Conrado me abrazó y me besó y me preguntó: ¿Por qué llorás mamá zonza?  – yo sentí por primera vez su barba rozándome la cara como un pedacito de papel de lija que me pulía el corazón. Y ahora le mojé la solapa del traje nuevo ¡claro! Porque ahora yo le llego a la solapa, yo, que hasta hace poquito, tenía que agacharme para prenderle los botones de su blazer azul…azul así como este traje de hombre que lleva ahora.)

  • Pero hijo ¡Mirá cómo te mojé! Bueno, no es nada, prestame el pañuelo y te seco… ¿Y el pañuelo? El pañuelo Conrado ¿qué pasó?
  • ¿El pañuelo? ¿Qué le hiciste mamá?
  • ¡Nada…yo no hice nada, apenas lo toqué y se me escapó de la mano!

(Y así fue…el pañuelo se escapó. Abrió las alas y salió por la ventana. Se fue volando como una paloma blanca. Primero hacia el campanario de la iglesia, después hacia la plaza y después… ¡vaya a saber a dónde! Se me perdió de vista.)

En eso llegó papá.

  • ¿Y Conrado? ¿Viste el traje? ¿Qué te pareció? Le queda bien ¿no?
  • Sí, le queda lindísimo.
  • ¿Y dónde está ahora? Seguro que se fue a hacer pinta por ahí…
  • No, se fue volando detrás de la paloma
  • ¿Cómo? ¡Qué decís! ¿Detrás de que paloma!
  • Me confundí…se fue a buscar el pañuelo que salió por la ventana..
  • ¡No entiendo nada!
  • Bueno, yo sí. Quiero decir que Conrado, con su traje de hombrecito, se me acaba de escapar como su pañuelo paloma, hacia el campanario…hacia la plaza.

 

Un comentario



  • 7 Oct 2016
     
    Mariana Noel Gutiérrez

    Este cuento lo leí cuando tenía unos 10 años, lo volví a leer hace dos semanas a mi hijo de siete años, y no pude como hace 29 años atrás leerlo en voz alta sin que se me quiebre la voz y largarme a llorar. Sencillamente no pieforcada vez que lo leo la emoción que me embarga es inmensa

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